Correr es tan natural

9/08/2011


Lo mejor de correr es que es divertido. Si uno se empeña puede convertirse en un suplicio, pero si se deja llevar siente que es algo natural. Para experimentar esta naturalidad a parte de sentirla, solo hay que ver correr a los niños; nunca los ves preocupados por la técnica, el cansancio, la respiración… corren con cara de felicidad, es lo más natural. Pero ¿está correr en la naturaleza humana?; y si correr es natural, ¿por qué lo convertimos en un castigo?.

Con esta pregunta entro en un terreno muy resbaladizo, porque definir qué es natural puede llevar a muchos malentendidos. Para poner las cosas claras, me estoy refiriendo a si correr es una actividad propia del animal Homo sapiens o si es un producto de nuestra particular evolución cultural.

Una de las formas de investigar esta cuestión es compararnos con otros animales similares a nosotros, tanto vivos como extintos mediante el registro fósil disponible. Esto precisamente es lo que han hecho los autores del artículo que quiero comentar. Ellos han planteado la hipótesis de que correr es una actividad propia y definitoria del ser humano, como nadar lo es de los delfines por ejemplo.

Esta hipótesis había sido despreciada con anterioridad porque si nos comparamos con otros mamíferos somos bastante malos. El mejor esprínter humano puede mantener una velocidad punta de unos 36 Km/h durante unos pocos segundos, mientras que un caballo o un antílope puede mantenerse durante varios minutos corriendo al doble de velocidad. Además, el coste energético de la carrera es casi el doble para nosotros que para otros mamíferos de tamaño similar al nuestro. Visto de esta forma es fácil descartarnos como corredores y pensar que solo somos buenos caminadores, pero hay otra perspectiva para este asunto.

Nosotros empleamos tipo de carrera distinto, la carrera de resistencia, que consiste en correr distancias largas, durante mucho tiempo y usando el metabolismo aeróbico (quemando grasas y azúcar en lugar de solo azúcar). La carrera de resistencia es poco común en mamíferos cuadrúpedos. Entre los primates solo la practicamos nosotros. Si comparamos la carrera de resistencia en humanos con el trote en los mamíferos cuadrúpedos no salimos mal parados, nuestra velocidad es bastante alta y podemos mantenerla durante mucho tiempo. De hecho, nuestro cuerpo está adaptado para la carrera de resistencia. Incorporamos un conjunto apreciable de innovaciones técnicas que nos hacen buenos andadores y que también nos benefician al correr, pero lo más interesante es que tenemos otra serie de características que no suponen una ventaja al caminar, pero sí al correr. Estamos adaptados naturalmente para correr.

De entre estas características propias de la carrera, destacan por un lado varios sistemas de muelles musculares en las piernas y los pies, que nos permiten aprovechar la fuerza del impacto durante la zancada para generar impulso de modo que ahorramos casi la mitad de energía metabólica. Los muelles más importantes, que además parecen ser exclusivos del género Homo son el tendón de Aquiles y el arco plantar. De hecho, nuestros pies son estructuras optimizadas para la carrera, actúan absorbiendo el impacto y recuperando energía del mismo para impulsarnos, aunque solo si no se aterriza con el talón (quiero extenderme en este punto en un próximo post).

Por otro lado, correr genera mucho calor que es fundamental disipar con eficacia ya que nuestros órganos, en especial el cerebro, no aguantan bien la temperatura alta. La ausencia de pelaje, la forma de nuestro cuerpo estrecha y alargada, la distribución de vasos sanguíneos y el poder sudar conforman nuestra excelente capacidad de termorregulación, lo que nos convierte en buenos corredores de larga distancia.

Después de leer el artículo queda bastante claro que hemos evolucionado para poder correr y no solo para andar, lo que no está tan claro es la ventaja evolutiva que nos da la carrera. Entramos de lleno en el terreno de la especulación, ya que no podemos analizar nuestro comportamiento actual en el entorno natural, nos hemos alejado demasiado de ese entorno. Una hipótesis plausible es que cazábamos cansando a la presa hasta que desfallecía. Ya que podemos correr a una buena velocidad y mantener esta velocidad durante más tiempo que la mayoría de animales que cazábamos, podemos suponer (ojo, solo suponer) que conseguíamos comida densa en energía persiguiendo a la presa hasta que colapsaba por el calor o estaba lo suficientemente cansada como para no ser una amenaza.

La respuesta para la segunda parte de la pregunta que planteaba al principio es mucho más complicada, pero eliminar esa pregunta es sencilla: disfrutar de la carrera y que no sea un castigo físico es una capacidad intrínseca de cada persona, está en nuestra naturaleza. Volviendo a lo esencial, a correr por correr, porque se puede, como hacen los niños, es la clave.

 

Bramble, D. M., & Lieberman, D. E. (2004). Endurance running and the evolution of Homo Nature, 432(7015), 345–352. doi:10.1038/nature03052

Imagen cortesía de [s e l v i n]

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Correr

4/03/2011

mis zapasDesde hace poco tiempo practico el running, es decir corro y empiezo a interesarme por aspectos científicos de este deporte como la bioquímica. Por eso me ha llamado la atención el artículo que comento en este post, en el que el autor que es corredor de maratón e investigador del MIT, ha desarrollado un modelo matemático mediante el que un corredor puede estimar la distancia que podrá correr sin sucumbir a la fatiga, en función de la intensidad del esfuerzo. En este artículo hay mucha miga pero para este post me quedaré con la explicación de la energética de la carrera, de qué combustible metabólico disponemos y cómo lo gastamos corriendo. 

Nuestro combustible se compone de grasa y glucógeno (el glucógeno es básicamente una cadena de glucosas). Cuando corremos estamos transformando la energía de nuestro combustible en movimiento mediante las contracciones musculares, en esencia funcionamos como una máquina que quema combustible consumiendo oxígeno para moverse. La energía que se gasta al correr depende de la distancia que se corre y no de la velocidad a la que se corre, siempre que estemos en carrera aeróbica, es decir a un ritmo en el que podemos respirar más oxígeno del que necesitamos para quemar glucosa o grasa. Un corredor de 70 kg de peso gasta aproximadamente 3000 calorías en completar una maratón, resulta que incluso el corredor más delgado tiene suficiente grasa corporal como para correr más de cuatro maratones y paradójicamente, más de la mitad de los corredores de una maratón abandonan antes de completarla porque se quedan sin reservas, agotan todas sus fuerzas y sucumben a una intensa fatiga que les impide prácticamente moverse.

La explicación de esta paradoja es que aunque un gramo de grasa tiene más del doble de la energía de un gramo de glucosa, para obtener esa energía tenemos que quemar el combustible gastando oxígeno y resulta que la grasa gasta más oxígeno que la glucosa y en la práctica cuando corremos usamos más la glucosa que la grasa, porque no tenemos suficiente oxígeno como para usar el combustible que nos daría más rendimiento.

Nuestro combustible preferido, la glucosa, está principalmente en el hígado, la sangre y los músculos. El hígado puede mandar glucosa a los músculos, pero tiene poca cantidad y en la sangre tampoco hay mucho por lo que durante la carrera no llega combustible al músculo desde fuera. El propio músculo debe ser motor y depósito de combustible, es más, cada célula del músculo dispone únicamente del glucógeno que tiene almacenado en su particular depósito de combustible ya que las células musculares no pueden enviarse glucosa unas a otras. Precisamente con las dietas altas en hidratos de carbono previas a la carrera se consigue cargar los músculos al máximo de combustible y evidentemente, cuanto mayor sea la masa muscular de las piernas de un corredor mayor será su capacidad para correr, no sólo porque desarrolla más potencia, sino porque almacena más combustible. Con el entrenamiento conseguimos mejorar nuestra capacidad respiratoria para disponer de más oxígeno y aumentar la masa muscular en nuestras piernas, para mejorar el motor y almacenar más combustible. Aún así correr es una batalla contra la fatiga y cuando agotamos nuestra reserva de glucosa en músculo ella gana. 

Una vuelta de tuerca.

A pesar de la sofisticación metabólica en la carrera que se explica en el artículo y que he esbozado aquí, hay cosas que no se pueden explicar atendiendo sólo al combustible y al motor. Por ejemplo la aparición de la fatiga mucho antes de que se hayan agotado las reservas de combustible o el último esfuerzo del que es capaz un corredor, cuando aún sobrepasado por la fatiga, ve el final de la carrera cerca.

Una perspectiva alternativa a la que he tratado aquí es que la fatiga es un mecanismo defensivo de la mente para prevenir un colapso del cuerpo provocado por el esfuerzo continuado. En la que se conoce como la teoría del director central, el cerebro lee las señales del resto del cuerpo intentando saber cuánto tiempo puede seguir el cuerpo soportando el esfuerzo antes de que ocurra una catástrofe. En función de las señales de cansancio que le llegan, incluyendo la disminución del nivel de combustible y la falta de oxígeno, el cerebro disminuye la activación de los músculos, produce malestar y falta de motivación que acaban por provocar que paremos de correr, antes de que el asunto se vuelva peligroso; y lo hace mucho antes de que agotemos nuestras reservas.

Ambas explicaciones son complementarias, la fatiga puede empezar en la mente pero los condicionantes metabólicos existen. Teniendo esto en cuenta entrenamos no solo para mejorar el rendimiento de la máquina, sino para que el director central, nuestra mente, aprenda que podemos seguir corriendo un poco más, cada vez un poco más.

Rapoport. Metabolic factors limiting performance in marathon runners. PLoS Comput Biol (2010) vol. 6 (10) pp. e1000960 doi: 10.1371/journal.pcbi.1000960

Sobre la teoría del director central: 

Noakes. Time to move beyond a brainless exercise physiology: the evidence for complex regulation of human exercise performance. Appl. Physiol. Nutr. Metab. (2011) vol. 36 (1) pp. 23-35 doi: 10.1139/h10-082 

Matt Fitzgerald. Train your brain. Runners World. Artículo aquí

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