Amamantar la microbiota

12/12/2011

Hoy en día está universalmente aceptado que la leche materna es el mejor alimento para un bebé. Esta afirmación se intuye sin que sea necesario ningún análisis. Somos mamíferos y como tales en el primer periodo de nuestra vida somos lactantes. Estamos adaptados evolutivamente para usar la leche materna como alimento y no solo en un plano físico, sino que el mamar, más bien el contacto físico con la madre (y por lo tanto también su ausencia) tiene consecuencias. Compartimos esta característica con el resto de mamíferos, pero también podemos ver el alto grado de acoplamiento entre la producción de leche y la biología del bebé comparando la lactancia entre especies. En conejos, el comportamiento que ha supuesto un éxito evolutivo es que la madre no permanezca constantemente junto a las crías, presumiblemente porque estando separada de la madriguera su olor no atraerá a los depredadores para que se den un festín con las crías. La madre visita la madriguera a ratos y las crías están adaptadas a mamar rápido y a estar solas. En cambio los primates (nosotros) necesitamos contacto físico constante, así que nuestra leche tiene menor concentración de nutrientes y se digiere muy rápidamente. El bebé humano (y el chimpancé y gorila) mama muy a menudo y pide estar literalmente enganchado a alguien. 

Resulta que este comportamiento nos resulta incómodo. Despertarse cada pocas horas para dar el pecho y casi no poder soltar a nuestro hijo recién nacido en la cuna, es algo que no se suele llevar bien. Por no decir de quienes incluso ven como obsceno que una madre amamante a su hijo cuando éste lo pide, sí también en público. Para ese tipo de personas no tengo palabras, lo mejor que puedo pensar es que son completos ignorantes. Nuestra biología sigue vigente, no me parece inteligente ir contra ella ni siquiera con armas culturales como la costumbre, la razón o la religión.

Hay evidencia científica para todo lo que he expuesto aquí, aunque en esta ocasión me permito no señalar las referencias. Lo que quiero mostrar en este post es un ejemplo más, muy sutil, que muestra el perfecto acoplamiento entre la leche materna y el lactante. La leche materna está tan adaptada a las necesidades del bebé que incluso alimenta y dirige el desarrollo del órgano del que menos conocemos, me refiero al conjunto de bacterias que pueblan nuestro intestino, el microbioma intestinal. La lactancia en las personas es el resultado de 200 millones de años de evolución. Estamos adaptados a que la leche materna sea la única fuente de alimento del bebé durante los primeros meses de vida. Aunque a estas alturas la idea de que la leche materna es buena ha calado en nuestra sociedad, conviene repasar un poco porqué es el único alimento que debería elegirse en circunstancias normales para un bebé. Sabemos que la leche materna proporciona al bebé una gran diversidad de sustancias que actúan sobre su crecimiento, sobre el desarrollo de su sistema inmune y de su sistema nervioso. Además actúa como protección frente a toxinas y enfermedades infecciosas, y quizás el efecto más sorprendente es que dirige la creación y el desarrollo de la una combinación óptima de bacterias intestinales. La leche materna contiene un amplio y complejo repertorio de azúcares que el bebé no puede digerir. Su función no es alimentarlo directamente, sino favorecer el crecimiento de unas bacterias concretas y evitar que otras bacterias nocivas prosperen en el intestino, dirigiendo de este modo el desarrollo de uno de los órganos humanos más importantes.

Me parece conveniente poner énfasis en que las leches artificiales tratadas para que se parezcan a la leche humana (maternizadas) no son más que una pobre imitación. 

La industria lleva varias décadas tratando de obtener un preparado sintético que sea tan bueno como la sustancia natural, pero cada vez se van descubriendo aspectos nuevos sobre el original que nos hace ver lo importante y fundamental que es. La imitación siempre va por detrás, aunque se publicite lo contrario. Esta carrera sería lógica si el original fuese muy escaso y de difícil obtención, entonces obtener aunque sea una copia mala valdría la pena. En ese supuesto no haría falta mentir diciendo que la copia es igual o mejor que el original, puesto que todo el mundo sabría que el original no se puede tener y que la copia es lo mejor que podemos hacer.

Este supuesto está muy lejos de la realidad. La lecha humana original es gratis y todas la madres producen la cantidad que sus bebés necesitan, ya que su producción está controlada principalmente por la succión del bebé. 

En la realidad, lejos del supuesto imaginario, se necesita mentir y engañar para vender el sucedáneo y hacer que éste sea preferible a la leche real, de fácil preparación y de obtención a coste nulo. Este es el engaño al que estamos sometidos, en parte por nuestra ignorancia durante décadas sobre la composición y propiedades de la leche. En parte por nuestra falta de perspectiva evolutiva, ya que el razonamiento de que si la madre produce leche para el bebé es porque el bebé necesita la leche de su madre y no la de otro animal, es muy simple y muy evidente. Finalmente en parte es porque el sucedáneo se puede vender y hay gente que gana dinero, también se puede comprar y esta acción de comprar para satisfacer una necesidad está muy bien grabada en nuestra mente de consumidores.

Zivkovic, A. M., German, J. B., Lebrilla, C. B., & Mills, D. A. (2011). Colloquium Paper: Human milk glycobiome and its impact on the infant gastrointestinal microbiota. PNAS, 108, 4653–4658. doi:10.1073/pnas.1000083107

Imagen cortesía de muskva

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Los primeros pobladores

13/05/2011

su manita

Las bacterias son probablemente  los organismos más importantes de nuestro planeta. Están en todas partes y son la base sobre la que descansa la salud de muchos ecosistemas, incluidos nosotros. Cada persona no es solo un individuo, desde un punto de vista materialista todo nuestro ser emerge de la interacción de unos cincuenta billones de células. Pero resulta que cada uno de nosotros mantiene una comunidad de unos cien billones de bacterias que corresponden a cuarenta mil especies diferentes llamada microbioma. Estas bacterias no solo viven en nuestro organismo sino que forman parte de nosotros, interaccionan con nuestras otras células, las que tienen DNA humano, participando en muchos aspectos de nuestra naturaleza. 

La gran mayoría de estas bacterias viven en nuestro intestino, el microbioma intestinal funciona como un órgano esencial para mantenernos vivos. Este “órgano” se empieza a desarrollar el día que nacemos y durante toda nuestra vida participa en la extracción de energía de la comida, mantiene la estabilidad del sistema inmune e incluso está implicado en el desarrollo y el funcionamiento del sistema nervioso. Ahora la tecnología de secuenciación del DNA permite estudiar con detalle la composición de este ecosistema que vive en nuestras tripas y estamos empezando a ver qué es, cómo funciona y cómo se relaciona con nuestra salud.

Como he dicho antes la formación del microbioma de cada persona se empieza a formar en el momento del nacimiento. La forma de nacer que llevamos practicando decenas de miles de años es el parto vaginal, solo en las últimas décadas hemos empezado a probar con otra forma de parto, la cesárea. ¿Influye la forma de nacimiento en el tipo de bacterias que colonizan al bebé?. Sí que lo hace, como muestran los autores del artículo que comento aquí. 

El bebé que nace por parto natural se lleva lactobacilos de la flora vaginal de su madre, una parte de estos empezará a formar su microbioma intestinal. Este bebé empieza a vivir fuera del útero con un regalo de su madre muy útil, una dotación de bacterias que le ayuda a digerir la leche materna (otro valioso regalo de sus madres). Estos primeros colonos cumplen otra función, al llegar primero y reclamar el territorio virgen impiden que otras bacterias que pueden resultar patógenas formen nuevas colonias. La relación entre las bacterias de la flora vaginal, la comida del bebé y el propio bebé es además un bonito ejemplo de coevolución, un sistema de relaciones complejas moldeado durante miles de años mediante el que se entiende qué y cómo somos.

La historia para el bebé que nace por cesárea es un poco distinta. El lugar de los primeros pobladores ideales para él lo ocupan los estafilococos de la piel, no solo de la piel de su madre, sino que la exposición del bebé al personal médico, el padre, etc. también contribuye a la formación de su microbioma. La consecuencia más directa del nacimiento por cesárea es que este bebé será más susceptibles de contraer infecciones en la piel, asma y tener problemas digestivos.

Aún no está del todo claro cómo estos primeros colonos acaban formando el microbioma intestinal, ni el papel que éste juega en la salud del bebé. Es posible que el papel de los primeros colonos no sea determinante, de hecho los niños nacidos por cesárea acaban teniendo su microbioma. Además hay que tener en cuenta que los partos por cesárea se hacen por motivos médicos importantes, que dejan en un segundo plano todo este asunto de las bacterias (aunque en España, en la sanidad privada, los partos por cesárea son mucho más frecuentes que en la sanidad pública, lo que hace dudar de la importancia médica de los motivos que determinan un modo de nacer u otro). Por último quiero aclarar que estas susceptibilidades no son certezas: un bebé puede nacer por cesárea y no sufrir de problemas digestivos, infecciones o asma. 

Dominguez-Bello, M. G., Costello, E. K., Contreras, M., Magris, M., Hidalgo, G., Fierer, N., & Knight, R. (2010). Delivery mode shapes the acquisition and structure of the initial microbiota across multiple body habitats in newborns Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 107(26), 11971-11975. doi:10.1073/pnas.1002601107

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