Cerebro y tripas

20/08/2012

Las decisiones que tomamos sobre la comida se complican por el hecho de que no comemos solos. Los resto arqueológicos nos informan de que compartir la mesa ha forjado lazos sociales desde el principio de los tiempos. Comida, familia y memoria están intrínsecamente unidos. No somos meros animales que comen, sino animales comedores.

Comer animales. Jonathan Safran Foer

Empiezo con esta cita, porque ilustra algo que siempre me sorprende: nos identificamos con nuestra comida de un modo íntimo e inconsciente. Incluso la gente que no se plantea si come comida o basura, mucha o poca, o quién y cómo la prepara, está muy identificada con su dieta. La prueba de ello es que cualquiera puede evaluar racionalmente las opiniones de otro sobre su ropa, su lectura, sus películas o música preferidas, casi cualquier cosa. Pero no suelen responder igual sobre su dieta. Lee el resto de este artículo »

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El virus que soy

15/02/2012

En su excelente A Planet of Viruses Carl Zimmer dedica un fascinante capítulo a los retrovirus endógenos humanos, que me sirvió de inspiración para escribir un pequeño relato. Lo sorprendente de ellos es que nosotros somos en buena parte ellos.

El cuerpo de una persona, mi cuerpo, está formado por mis células. Separémonos por un momento de todas las ideas filosóficas sobre qué es una persona. Olvidémomos del alma, la personalidad, la mente, etc. Quedémonos con la idea materialista de que yo soy mi cuerpo (en realidad yo no creo ser mi cuerpo, pero yo no soy materialista). Al menos en parte, esta idea es correcta. Sea cual sea el conjunto de características que me definen mi cuerpo forma parte de él.

Si soy mi cuerpo, soy mis células. Dado que una célula es en esencia una exquisita combinación de maquinaria química organizada en torno a la información almacenada en el DNA, puedo decir que yo soy mi DNA. Aquí se complica bastante la cosa, porque para empezar mi cuerpo, o sea yo, no estoy formado únicamente por las células que se formaron gracias a la división del óvulo de mi madre fecundado por mi padre; por cada una des estas células hay al menos diez de bacterias que también son yo. Sin ellas yo no viviría y (como somos materialistas) por tanto no existiría, no sería. Vamos a dejar de lado ahora todo este DNA bacteriano, el metagenoma. Si miro en mi genoma veo que solo el 1% del DNA son planos para proteínas, que serán los obreros, las máquinas y las estructuras de mis células.

Aquí empieza lo alucinante: el 8% de mi DNA o sea de mí, son virus. Yo soy virus. Tengo genes de virus porque éstos una vez infectaron a algún antecesor mío. No, no me refiero a mi tatarabuelo humano. Hablo de mi familia evolutiva, ese árbol genealógico que nos emparenta con todos los demás seres vivos de este planeta. Hace muchos miles de años un retrovirus infectó a mi “tatarabuelo” y éste se las apañó para desactivarlo. El genoma del retrovirus pasó a formar parte del de mi tatarabuelo y fue heredado incontables veces hasta llegar a mí.

Para entender esto un poco mejor hay que explicar como funciona un retrovirus. Un virus que infecta a una célula inyecta su DNA en ella. Este DNA da un golpe de estado y pone a la célula a producir virus que infectarán a otra células. Un retrovirus no tiene DNA, tiene RNA que antes de dar el golpe de estado tiene que copiarse en DNA. Ocurre que muchas veces tanto virus como retrovirus insertan su DNA en el de la célula que lo hospeda y se queda camuflado.

Mi tatarabuelo desarrolló un sistema de desactivación de los retrovirus para defenderse de la infección. Cuando el retrovirus está copiando su RNA en DNA ciertas proteínas entorpecen el proceso haciendo que se introduzcan errores en la copia (mutaciones). Muchas de estas mutaciones dejan al virus incapacitado para llevar a cabo el golpe de estado, de modo que el virus se queda permanentemente camuflado en el genoma de la célula y pasa a forma parte de él. Hoy yo tengo ese virus como parte de mí. Este DNA viral no es solo basurilla evolutiva que acumulamos en nuestro genoma. Están implicados en la aparición de algunos cánceres y otras enfermedades, ya que estos trozos de DNA camuflados en nestro genoma, pueden activar o suprimir otros genes bajo ciertas circunstancias.

El giro de tuerca final que dan los retrovirus es que son esenciales en que los mamíferos seamos como somos. Cuando el óvulo fertilizado se desarrolla, algunas células empiezan a formar la placenta, el órgano que relaciona íntimamente al bebé con su madre y que controla la nutrición, respiración y desechos del feto durante su desarrollo. Las células de la capa más externa de la placenta se fusionan, en una etapa que resulta fundamental para que el embrión se implante en el útero. Las sincitinas, responsables de que se produzca esta fusión, son proteínas virales. Los virus han moldeado la evolución de la placenta de los mamíferos de tal forma que somos mamíferos debido en parte a que somos virus.

El párrafo que cierra el capítulo del excelente libro de Carl Zimmer lo resume todo perfectamente:

In our most intimate moment, as new human life emerges from old, viruses are essential for our survival. There is no us and them, just a gradual blending and shifting mix of DNA.

El artículo en el que se presentan las sincitinas: Mi et al. Syncytin is a captive retroviral envelope protein involved in human placental morphogenesis. Nature. 2000. 403(6771):785-9. DOI: 10.1038/35001608
A Planet of Viruses. Carl Zimmer. ISBN 0226983358

Imagen cortesía de euthman

Actualización: Carl Zimmer ha escrito sobre este tema en su blog.

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