El cientificista en rehabilitación

por amoyag el 25/11/2013

Hace algún tiempo que no aparezco por aquí, lo sé. El motivo es que no encontraba nada interesante que contar. No es que no haya pasado nada digno de mención estos meses, es que mi interés por contar cosas sobre ciencia se ha marchado conforme ha llegado un interés por entender qué es la ciencia. 

A pesar de que tengo una extensa educación científica y de que la practico profesionalmente, no entiendo bien qué es la ciencia –en una versión filosófica del conocido dicho “en casa del herrero, cuchillo de palo”. En mi disculpa puedo decir que muy pocos de mis colegas y ninguno de los groupies de la ciencia que he encontrado lo saben. Muy pocos nos hemos preocupado por entender la epistemología de la ciencia: hemos pasado tanto tiempo dentro de la ciencia que no nos hemos imaginado parado a mirarla desde fuera. Y esto de vivir dentro de la ciencia está muy bien, pero de tanto mirarnos el ombligo hemos acabado por pensar que la ciencia lo es todo. Cuando tienes un martillo en la mano ves clavos por todas partes y puedes arreglar muchas cosas. Pero puedes caer en la trampa de pensar que el martillo es la única herramienta que existe y de que todo se resuelve a martillazos, puedes convertirte en un cientificista.

Yo era un cientificista sin saberlo. Yo pensaba que la ciencia era la forma de obtener conocimiento, sí, la única, o la única capaz de acercarse a la verdad –ya que, obviamente para mí estaba claro que existía una Verdad, una realidad, objetiva e independiente. Yo pensaba que la ciencia permite encontrar la Verdad en un progreso continuo que establece  certezas mediante el método científico.

Como buen cientificista, yo era también materialista. Yo creía que la realidad está basada en la materia. Todo lo que es real es material, de modo que lo que no es material no tiene existencia propia. Estas ilusiones aparecen como una propiedad de la materia. Las ideas, sensaciones y emociones, la mente en definitiva, surge de la materia viva (de neuronas dentro de cerebros). La materia viva, la vida, surge de la interacción entre elementos materiales. En mi mente (que yo antes llamaba cerebro) el ideal de progreso continuo estaba imbricado con el materialismo y la Verdad científica. La ciencia solo se mueve en un sentido, siempre avanza. Probando nuevas hipótesis que se construyen sobre hipótesis previamente demostradas, la ciencia se acerca inexorablemente a la Verdad. Aquí conviene hacer una precisión, no es que yo tomara esa perspectiva filosófica como acertada, es que mi yo cientificista creía que todo esto está científicamente demostrado. Craso error.

Solo cuando he leído filosofía he empezado a curarme del cientificismo y he empezado a ver la ciencia desde fuera de la ciencia. Lo que estoy viendo me dejó atónito al principio, y mosqueado ahora.

Primero vi que la afirmación “El cerebro crea la mente” no está demostrado científicamente. Eso me impactó. Pensé que era una hipótesis que estaba en camino de ser demostrada. Craso error. Lejos de aplicar alguna forma de método científico sobre esta hipótesis, sencillamente se considera que el cerebro crea la mente. Y punto. Luego vi que situar la materia como base de la Verdad, el materialismo, es una postura filosófica que se toma a priori, no una conclusión a posterori derivada del razonamiento científico. Sobre está Verdad establecida se estudian y prueban nuevas hipótesis, se construye la ciencia. El progreso continúa, pero sobre cimientos torticeros.

Como le pasa al exfumador al que le molesta ese nauseabundo humo de los fumadores, el mismo humo que él producía, me veo inmerso en una sociedad no científica ni tecnológica –la tecnología es un producto de la ciencia– sino cientificista. Una sociedad que apaga el pensamiento crítico en cuanto se le ofrece el nuevo trocito de Verdad salido de algún laboratorio. No se cuestiona lo que “descubre” la ciencia. No se pone en duda lo que han “demostrado” los científicos. Si, por ejemplo, un neurocientífico afirma que la amígdala produce el miedo, que tu cerebro te engaña o que amas a tu hijo porque una molécula (un poquito de materia) está trasteando con tus neuronas (un poquito de materia viva, eso es Verdad. Así acabamos creyendo que no es la persona sino el cerebro el que decide, piensa o cree. O cuando no es el cerebro, son los genes: si haces algo es porque estás programado para hacerlo y ese programa está escrito en tu ADN. No nos cuestionamos: ¿de verdad soy un puñado de neuronas, un puñado de genes? Eso es Verdad, y punto. Lo dice la ciencia.

En una extraña paradoja, recibimos el conocimiento como verdad revelada por los científicos, de forma muy parecida a como se recibía el conocimiento, el así-funciona-el-mundo, como verdad revelada por los sacerdotes.

La ciencia debería encender el pensamiento crítico en cada uno de nosotros y estimular su entrenamiento. En su lugar la hemos convertido en una religión, dispensadora de la Verdad que no debe cuestionarse. Pero cuando apagamos el pensamiento crítico aparecen los problemas

If the once-inaccessible scientists had been defrocked, why couldn’t just anyone borrow their robes? Announce that camel turds are the latest miracle super-food; put on a white coat and mumble impressive nonsense about zero-point energy, omega fatty acids and the mystery third strand of DNA; and you’re in business, ready to exploit fool after fool at a bunco booth of your own making.

And all this because scientists weren’t honest enough, or quick enough, to say that science wasn’t about Truth, handed down on tablets of stone from above, and even then, only to the elect; but Doubt, which anyone (even girls) could grasp, provided they had a modicum of wit and concentration. It wasn’t about discoveries written in imperishable crystal, but about argument, debate, trial, and – very often – error.

 

Science: the religion that must not be questioned en The Guardian

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